Roma (parte IV)

Roma (parte IV)

Nuestros últimos días en Roma los pasamos casi totalmente visitando el país más pequeño del mundo, Ciudad del Vaticano. En realidad todo el país no es más que una plaza grande cuyos habitantes se reparten a partes iguales entre curas, monjas y arlequines. Hay muy pocos edificios civiles, aparte del Instituto para las Obras de Religión (nombre muy inquisitorial para disfrazar lo que viene siendo el banco), una farmacia y una oficina de correos, el resto de construcciones son religiosas. La que más destaca es la basílica de San Pedro o San Pietro in Vaticano, anexa a los museos Vaticanos, la residencia papal (no nos dejaron entrar, una lástima) y bajo tierra las catacumbas.

Éstas últimas dicen que son muy interesantes pero la lista de espera es de meses: nosotros intentamos reservar con un par de meses de antelación y ya estaba todo lleno. Se debe principalmente a que es un ambiente claustrofóbico lleno de tumbas y sepulcros, con angostos pasadizos y escaleras, donde la entrada está limitada a un máximo de personas por grupo y sesión. Es otra asignatura pendiente que tengo con la capital romana.

Como teníamos por costumbre madrugar y la entrada a los museos Vaticanos era a las 9:30, fuimos a ver antes la iglesia de San Pietro in Vincoli, donde se encuentra la famosa escultura de Moisés de Miguel Ángel. Es tan realista que cuentan que cuando el propio Miguel Ángel la acabó le pegó un pescozón y le ordenó: ¡Habla!

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La estatua, en el centro, forma parte de la tumba del papa Julio II. Lo más particular de la composición es que las estatuas están esculpidas de forma diferente en función de la luz que las ilumina, con la parte del mármol más pulido encarada a la luz directa. Una genialidad.

Acto seguido emprendimos el camino que nos llevó a la ciudad del Vaticano, dejando atrás el inmenso Castel Sant’Angelo a las orillas del Tíber. Se construyó con el objetivo de servir de mausoleo para el emperador Adriano, pero pronto se dieron cuenta de que su emplazamiento estratégico hacía de él una inmejorable fortaleza. Posteriormente fue también reconvertido a residencia papal.

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Ya con un capuccino en el cuerpo entramos a los museos Vaticanos. Los museos son una colección de salas y exposiciones por donde se puede vagar libremente. En este sentido está bien porque puedes detenerte en salas que te interesen más y pasar de las que no te gustan. Ejemplo de salas interesantes para mí: arte clásico, arte egipcio, renacimiento… Ejemplo de exposiciones poco interesantes (por utilizar un eufemismo): máscaras de vudú de chamanes del amazonas, abanicos asiáticos multicolor, sellos con caras de papas…

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En la foto se muestra el patio interior de los museos y el palacio de Belvedere al fondo. Aquí hay muchas salas interesantes, con esculturas conocidas como la del buen pastor (en la foto abajo, aunque no lo parezca tiene el tamaño del Torico de Teruel), el torso de Belvedere, etc.

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Como dije, hay infinidad de salas y exposiciones y no os voy a aburrir contando lo que no me gustó, que fue mucho no os voy a mentir. A medida que vas recorriendo los museos te va viniendo más y más veces la palabra “expolio” a la cabeza. Y eso que no he estado en el British Museum, que esos ni se molestan en negar que han robado todo lo que hay allí. Aquí, como en el British, puedes encontrarte momias random a medida que recorres el museo.

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Hay una sección bastante interesante de arte etrusco, muy curioso porque casi todo está hecho con bronce.

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A medida que te vas acercando a la capilla Sixtina, te topas con las obras más imponentes. Yo siempre he tenido una escultura favorita: me llamó la atención desde que era niño, el Laocoonte y sus hijos. Cuenta la Eneida que Laocoonte fue quien pronunció la frase “Timeo danaos et dona ferentes” (temo a los griegos incluso cuando me traen regalos) al abrir los troyanos las puertas de la ciudad ante la visión de un enorme caballo de madera. Todos sabéis cómo acabó la historia, así que ya habréis deducido que nadie creyó al pobre Laocoonte. De hecho para mayor desgracia del pobre hombre unas serpientes, supuestamente enviadas por Atenea, comenzaron a devorar a sus hijos y al intentar detenerlas se lo zamparon a él también.

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Después de admirar embelesado esta maravilla mientras daba de codazos a quien pretendía acercarse (estuve un buen cuarto de hora delante de la estatua) entramos en la antesala de la capilla Sixtina, donde se encuentran varias estatuas de dioses clásicos como Baco o Hércules, alias el tío de la garrota:

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Y ya por fin, como borregos que se dirigen al matadero, por unos pasillos cada vez más estrechos, te conducen a las dependencias más conocidas y visitadas del Vaticano: las dependencias papales, con una gran cantidad de pinturas de Rafael Sanzio que no voy a explicar porque cada una de ellas da para una entrada entera (ya mencioné que era mi pintor favorito). Dejo aquí dos ejemplos: La coronación de Carlomagno y La escuela de Atenas (para mí su obra cumbre).

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La capilla Sixtina en sí es una sala completamente vacía y con el techo altísimo donde te tienes que dejar las cervicales para poder distinguir algo, ya que todo está en el techo. No te dejan pararte, ni hacer fotos, ni hablar y casi ni respirar porque apenas has entrado ya te están echando. Es imposible contemplar toda la magnífica obra de Miguel Ángel en paz, y es una lástima. Dejo aquí una foto escaneada que encontré por el suelo.

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En la parte superior se puede ver la famosa pintura de los dedicos tocándose, pero os digo que toda la bóveda de la capilla es una auténtica maravilla del Renacimiento. La lástima es esa, que no puedes pararte a contemplarlo con calma y tomándote el tiempo que hace falta.

Cuando acabamos de visitar los museos estábamos exhaustos así que fuimos a comer a un sitio que descubrimos el día anterior, un restaurante casero con gente muy maja que nos trató genial y donde la comida estaba buenísima. Justo al lado del Vaticano hay varios restaurantes por el estilo. Cansados como estábamos y con casi todo un día por delante, decidimos callejear un rato por los alrededores y dejar la basílica de San Pedro para el día siguiente.

Ya repuestos nos dirigimos a la mañana siguiente a la basílica de San Pedro. El control de seguridad que hay que pasar es el mismo que en un aeropuerto (con detectores de metales, garitas de guardias, policía por todas partes, etc.) y el de vestuario para las mujeres también es bastante estricto: nada de escotes pronunciados, shorts, faldas por encima de la rodilla… Tenedlo en cuenta porque son rigurosos en este aspecto.

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Mientras haces cola para entrar te da tiempo de sobra a admirar toda la plaza con su columnata, su pináculo y todo lo que aparece en la tele. Poco a poco vas avanzando hacia el interior de la basílica y nada más atravesar sus puertas te topas en el suelo con un gran círculo de pórfido rojo: dicen que fue aquí donde Carlomagno se arrodilló delante del Papa.

La nave central de la basílica es inmensa, con esculturas riquísimas a cada uno de los lados representando santos, papas, imágenes de la vírgen… En el suelo de mármol se pueden ver un montón de escudos que hacen referencia a otras basílicas mayores de todo el mundo y cuando acabas de recorrerlos te das de bruces con el espectacular y famoso baldaquino de Bernini con sus columnas en forma de hélice.

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Según se deja el baldaquino y el altar a mano izquierda, os aconsejo ir a vuestro aire y no seguir el recorrido marcado, nos damos de bruces con una escultura de San Pedro con sus llaves muy visitada por los devotos turistas que allí se agolpan.

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Y volviendo en dirección a la entrada por la nave oriental de la basílica nos encontramos con la obra de arte más imponente de todo el templo: la Piedad de Miguel Ángel. Esta escultura está igual de protegida que el mismísimo Papa y no es para menos: cuando la ves te preguntas cómo es posible hacer eso con piedra, ya que parece que la imagen no esté esculpida sino modelada. Como si no costara esfuerzo obtener el nivel de detalle que tiene la estatua.

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Llama mucho la atención también la zona de detrás del baldaquino con un altar inmenso y unas esculturas en mármol que sustituyen a los típicos retablos que uno está acostumbrado a encontrar. Aquí todo es a lo grande. Parece que el ojo de Sauron te está vigilando desde lo alto ya que el sol entra por la vidriera iluminando perfectamente la estancia.

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Estuvimos cerca de cuatro horas sólo para visitar la basílica y la plaza de San Pedro por lo que lo que os cuento aquí es sólo un resumen de lo más destacado. Hay infinidad de esculturas, tumbas, capillas, pinturas y obras de arte que vale la pena contemplar, además de la cámara del tesoro y las tumbas de los papas enterrados aquí. Mi consejo es que lo toméis con calma y, si os gusta, disfrutéis de cada rincón.

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Al salir ya fuimos a hacer las maletas puesto que nuestro viaje había llegado a su fin. Si os gustan los monumentos antiguos, la historia, no os importa caminar y además disfrutáis de buena compañía como fue nuestro caso, Roma sin duda es uno de los mejores destinos que podéis elegir. Además, y esto es muy importante, ¡se come de maravilla!

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