Roma (parte III)

Roma (parte III)

Durante nuestro tercer día en la capital italiana nos propusimos visitar dos de las cuatro basílicas mayores que aún no habíamos visitado. En Roma hay cuatro basílicas mayores, a saber:

  1. Santa Maria Maggiore o Santa María la Mayor, de la que ya hablamos en la primera parte de este artículo.
  2. San Giovanni in Laterano o San Juan de Letrán
  3. San Paolo fuori le mura Roma o San Pablo extramuros
  4. San Pietro in Vaticano o San Pedro del Vaticano, de la que hablaremos largo y tendido en la siguiente entrada dedicada al minúsculo país.

Comenzamos desplazándonos a la iglesia más antigua del mundo, San Giovanni in Laterano. Nada más acercarnos llama mucho la atención el conjunto de estatuas que, desde la parte superior de la entrada principal, custodian el templo.

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Debido al hecho de que se trata de la primera iglesia de la historia se la conoce como Cabeza y Madre de todas las iglesias. Y es que ciertamente impresiona, sobre todo a alguien que no está muy acostumbrado a cruzar umbrales de edificios religiosos. Sin embargo, hay que reconocer estas catedrales, basílicas e iglesias son de una riqueza artística deslumbrante: no sólo en cuanto a la arquitectura, sino también en lo que a pintura y escultura se refiere. Más tarde os enseño el interior y entenderéis el por qué de esta afirmación.

El caso es que esta iglesia se construyó junto al palacio de Letrán justo cuando acabaron las persecuciones, en tiempos del emperador Constantino, a comienzos del siglo IV. Fue la primera residencia papal y durante más de 1000 años la sede central de la Iglesia Católica en todo el mundo. Durante el siglo XIV, los papas trasladaron esta residencia al Vaticano y ahí permanece desde entonces.

Es curiosa la sensación de opulencia que se siente una vez atravesadas las enormes y exquisitamente talladas puertas de San Giovanni. El primer paso que das por los suelos de mármol pulido te deja boquiabierto contemplando una nave inmensa flanqueada por columnas y, entre columna y columna, una estatua de cada uno de los 12 apóstoles.

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No hace falta ser religioso para reconocer la belleza que atesoran estos muros. Es verdaderamente sobrecogedor: cada rincón, cada capilla, cada cúpula hacen que te preguntes cómo las personas somos capaces de hacer algo tan maravilloso. No quiero entrar en debates ideológico-religiosos, sólo quiero recordar que esta iglesia, aunque lógicamente ha cambiado, se levantó cuando los cristianos eran perseguidos y ajusticiados como animales por el mero hecho de pensar diferente que el que mandaba en aquella época. Y sí, es cierto que luego hicieron ellos lo mismo, pero esto no va de religiones y creencias así que continuemos.

Creo que ya comenté que me encantan los órganos. No es sólo su sonido, sino también el arte que los rodea. Pues el de San Giovanni no podía ser una excepción y, como no, tenía que llevarme un recuerdo.

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El altar se levanta en centro de la nave presidiendo una escena que, vista en perspectiva desde la entrada, os dejará boquiabiertos: coronado por un baldaquino y con las reliquias de San Giovanni en lo alto, a sus pies se encuentra la tumba del apóstol a la que se puede bajar para observar el sepulcro.

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A estas alturas ya os habréis percatado de que me impactó mucho esta iglesia. Nada más salir de ella, fuimos a la estación para coger el cercanías y salir de lo que era la ciudad antigua al extrarradio, ya que nos dirigíamos a la segunda de las basílicas mayores del día: San Pablo extramuros. Pero antes, como nos venía de paso, aprovechamos para subir una colina y poder ver desde lo alto los restos del Circo Máximo.

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Es una verdadera lástima que no se conserve prácticamente nada. En la foto podéis ver que a duras penas se puede distinguir por donde tuvieron que competir los diferentes Ben-Hur a lo largo de la historia: imaginad por un momento cómo debió ser, miles de gargantas rugiendo envervorecidas como en una carrera de la Nascar esperando que alguien tenga un accidente. Sólo que en este caso si alguien tenía un accidente generalmente había varios cadáveres revueltos en un amasijo de carne, huesos, madera y hierros. Los aurigas se ataban las riendas al cuerpo para poder tener más estabilidad, lo cual tenía el pequeño inconveniente de no tener escapatoria en caso de “contratiempo”.

Tras esta evocadora visión del antiguo estadio más grande del mundo, nos dirigimos dando un rodeo a la basílica de San Pablo extramuros, donde al igual que en la de San Giovanni, descansan los restos del apóstol en honor de quién está erigido el templo.

San Pablo fue construida por el emperador Constantino en el siglo IV pero ha subido de nivel múltiples veces gracias a numerosos frescos y mosaicos además de capillas y construcciones anexas como el jardín exterior que la rodea. Sin embargo lo que más llama la atención es el monumental espacio que alberga. Ornamentada en las paredes con los retratos de todos los papas de la historia hasta el actual y gobernada por un gigantesco pantocrator, no se puede pronunciar palabra, por muy baja que sea, sin que resuene el eco en sus paredes.

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Dejando atrás San Pablo nos dirigimos ahora al edificio civil todo en uno por excelencia en la antigua Roma: las termas. Las que mejor se conservan son las de Caracalla, construidas al principio del siglo III y que se mantuvieron en funcionamiento hasta que los pueblos germánicos saquearon la ciudad. En ellas se conserva sólo la sombra de lo que un día fueron grandes bóvedas, enormes mosaicos, piscinas, palestras… Hoy en día están muy deterioradas.

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Antes de ir a comer queríamos visitar un par de curiosidades: la Bocca de la Veritá y el foro Boario, el primer mercado de Roma, de la época de Escipión el Africano. Como digo son curiosidades y no es que sea relevante visitarlos pero si viene de paso es curioso, sobre todo la Bocca ya que cuentan que si una mujer mete la mano, se sabe si le ha sido fiel a su marido. En fin, leyendas…

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Como habréis podido observar, la mañana dio para mucho y es que no hay como madrugar para ver monumentos. Si no te importa comer un poco más tarde se aprovecha mejor el día. Para comer fuimos a uno de los barrios más carismáticos de Roma, Trastevere, que si bien no posee muchos monumentos característicos sí ofrece una gran cantidad de restaurantes y trattorias donde poder llenar el buche. En una de ellas comimos, de las típicas con horno de leña y mantel a cuadros, donde he probado los mejores spaghetti alle vongole de mi vida.

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Como habréis podido imaginar, Trastevere se encuentra a la orilla del río Tíber (o Tevere en italiano) por lo que nuestro último recorrido del día fue un paseo relajado siguiendo el curso del río hasta nuestro alojamiento. A lo largo del lecho del río se pueden encontrar puentes antiguos, pequeñas isletas interiores, y depende de donde miréis, se pueden obtener unas vistas geniales del Vaticano o el castillo de Sant’ Angelo.

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