Roma (parte II)

Roma (parte II)

Nuestro segundo día en Roma comenzó con una visita a la que era la entrada por excelencia a la ciudad, la Piazza del Popolo. Está en la zona norte de la ciudad y desde ella parte la via Flaminia, la calzada que conectaba Roma con el resto de Europa. Lo más curioso de esta plaza son las tres calles que convergen en el pináculo central como si fueran un tridente y que están flanqueadas por dos iglesias gemelas.

El la Piazza del Popolo se encuentra también la iglesia de Santa Maria del Popolo, famosa sobre todo por la gran cantidad de obras renacentistas que alberga y, en especial, dos Caravaggios. Aunque para mí, lo más atractivo fueron unas esculturas en mármol rojo impresionantes y, por encima de todo, el órgano del coro (me encantan los órganos).

Al salir, nos dirigimos al centro de la ciudad pero hicimos un par de altos importantes en el camino: primero pasamos por la Piazza Spagna, lugar de reunión juvenil por excelencia y una de las principales atracciones turísticas de la ciudad. Sinceramente, no entiendo por qué. Se trata de una vulgar plaza con una fuente y una escalera inmensa sin ningún tipo de atracción o monumento o nada de nada. Recibe este nombre porque en ella se encuentra la sede de la embajada española. Eso sí, de ella parte una de las calles de tiendas más exclusivas, de esas donde un vulgar par de calcetines de rombos vale 300 eurazos, pero eso sí te atiende un fulano engominado con traje y corbata que pareces tú el empleado y él el que va a dejarse los cuartos.

La segunda parada de camino al centro la hicimos en el museo del Ara Pacis. El Ara Pacis es un gigantesco altar de mármol blanco construido por el emperador Augusto para conmemorar la Pax Augusta, la pacificación definitiva del imperio conseguida por Augusto. Un “aquí mando yo” en forma de cubo pero eso sí, con unos relieves y esculturas que son una delicia. El museo sólo tiene esto así que si no tenéis el Roma Pass, ni entréis a no ser que tengáis un interés especial en verlo (como fue mi caso, me tiré dos horas contemplándolo).

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Y ya por fin, con un hambre incipiente y oliendo a pizza por todos lados, llegamos al centro. Nuestra intención fue visitar primero la Fonatana di Trevi, pero para nuestra decepción estaba en obras y no pudimos acceder, así que no hice ni una foto para poder regresar otra vez. Aunque después de ver la miríada de turistas que se agolpaban a pesar de estar apuntalada y no verse un carajo no sé yo. En una de las callejuelas circundantes se encuentra uno de los monumentos más impresionantes de la ciudad, el Panteón.

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El Panteón es el edificio mejor conservado de la antigua Roma. Es abrumador atravesar sus puertas y mirar al cielo para encontrar una cúpula con un inmenso óculo en el centro para dejar entrar la luz. Esta cúpula fue construida por Adriano hace casi 2000 años y el principal motivo por el que se conserva tan bien es porque en el siglo VII fue convertido en una iglesia. Es muy llamativo el parecido en cuanto a lo clásico del estilo con el Partenón de Atenas, lo que demuestra claramente lo influenciados que estaban los romanos por los griegos en aquella época: no sólo tomaron su religión (al final todas derivan unas de otras) sino que también el arte, el derecho, etc. Hoy día hace honor a su nombre y sirve de panteón a los primeros reyes de la Italia unificada y a mi pintor favorito de todos los tiempos, Rafael.

Ya buscando sitio para comer por la zona accedimos casi sin querer a la Piazza Navona, la plaza barroca por excelencia de Roma. Su forma es alargada debido a que bajo ella se encontraba el estadio de Domiciano (uno de los emperadores más odiados de la antigua Roma, su historia da para un libro entero). La Fuente de los Ríos que gobierna la plaza fue diseñada por Bernini y está llena de detalles en los que vale la pena detenerse ya que el agua les da un toque especial.

Después de ingerir una buena cantidad de nutrientes, o sea unas pizzas del tamaño de tapas de alcantarilla, fuimos paseando para digerir tan suculentos manjares en dirección a la Piazza Venezia. De camino nos topamos con las ruinas de unos templos de la época de la república, aparentemente irrelevantes desde el punto de vista histórico, de no ser porque justo aquí se encuentra la Curia de Pompeyo, la esquina en la que fue asesinado Julio César. Es fácil pasarlo por alto, así que os recomiendo que vayáis atentos si no os lo queréis perder.

En el corazón de la ciudad, en lo alto de la colina capitolina se encuentra la Piazza Venezia con el espectacular monumento a Vittorio Emmanuelle II. Este monumento, conocido de forma tan pintoresca como Il Vittoriano, la máquina de escribir o la tarta de bodas (¿?) fue construido para conmemorar la unificación de Italia. Esta casi íntegramente construida en mármol blanco y junto a él se encuentra la que fue residencia de Mussolini (con su tristemente famoso balcón).

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Lo mejor sin duda es poder subir a la terraza del edificio y poder contemplar las maravillosas esculturas de bronce y admirar las increíbles vistas de la ciudad mientras una horda de estorninos te acecha desde las alturas obligándote a estar concentrado para no permanecer mucho rato quieto si no quieres ser blanco de sus deposiciones. Inconvenientes ornitológico-digestivos aparte, vale mucho la pena subir y contemplar toda la ciudad desde lo alto del edificio.

La última visita del día la hicimos a la primera iglesia jesuita de la historia, el Gesú. Se empezó a construir mientras Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas, aún estaba vivo pero el pobre hombre nunca la vio terminada. Marcó un hito arquitectónico a lo largo de la historia, ya que su planta fue imitada en infinidad de templos posteriormente edificados. Sin embargo, lo mejor de todo se encuentra en su interior: nada más entrar quedas deslumbrado por un barroco recargadísimo que te satura los sentidos, con unos frescos cubriendo cada pared de la iglesia y esculturas fastuosas allá donde mires.

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Llama mucho la atención el espectacular altar que domina el templo, presidido por un fresco en el techo que recuerda vagamente al de la Capilla Sixtina. En una de las pequeñas capillas laterales se encuentra la tumba de Ignacio de Loyola, también de estilo barroco. Lo más curioso es el museo de reliquias al que se puede acceder en la propia iglesia: se pueden encontrar desde cálices de obispos y papas hasta restos de personas beatificadas y santificadas (falanges, orejas, y otras zonas más… escatológicas). También se encuentra aquí el sillón donde al papa le ponen las chanclas rojas esas que lleva cuando lo eligen. No es más que una vulgar silla, pero no deja de ser curioso.

5 comentarios sobre “Roma (parte II)

  1. Enhorabuena por el blog!!Decir que ha sido como volver a visitar la ciudad! 🙂 Lo que me ha recordado cierto restaurante junto al Vaticano…Deseando leer más

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