Roma (parte I)

Roma (parte I)

De todas las ciudades europeas que he visitado en mi vida, sin duda Roma es en la que más he disfrutado. Varios son los factores que me impulsan a afirmar esto: el hecho de que Roma ofrece una línea temporal de la historia occidental, el carácter latino y mediterráneo de sus habitantes, la maravillosa compañía de la que disfrutamos en nuestro viaje y, por supuesto, la fabulosa gastronomía italiana que tiene en Roma uno de sus mayores exponentes.

Cuando digo que Roma es como un libro de historia y sus calles las páginas no exagero en absoluto: es posible contemplar edificios y monumentos desde la época precristiana a nuestros días, pasando por la roma republicana, la roma imperial, el renacimiento, etc. Puede uno perderse por callejuelas del barrio judío o por el centro de los foros imperiales, sin más que caminar 500 metros. Y es que Roma es una ciudad que debe disfrutarse a pie: de hecho conducir por ella es lo más parecido a padecer estrés post traumático. Todo lo que tiene la
ciudad de interesante lo tiene de caótico. Así que aquí tenéis un valioso consejo: no conduzcáis por Roma (es jugarse la integridad creedme).

Nuestra visita comenzó a los pies del Coliseo rodeándolo justo para toparnos con la Ludus Magnus o centro de entrenamiento de gladiadores. Aquí era donde estos pobres desgraciados se preparaban literalmente para morir. Hoy en día sólo queda la planta original y las columnas pero se puede uno hacer una idea de cómo era en la antigüedad: una cochiquera donde los prisioneros de todo el mundo se hacinaban para intentar durar lo máximo posible. Una de las calles del centro histórico, por llamar de alguna manera al barrio de más aglomeración de
monumentos de la ciudad, desemboca en la basílica de San Clemente. Aquí se puede hacer un viaje en el tiempo a través de sus tres niveles de catacumbas, que discurre entre el siglo I y el siglo XII. Es como Indiana Jones buscando la tumba de sir Richard, un recorrido a través de túneles de piedra donde la humedad y la claustrofobia te invaden. Muy recomendable.

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Después de abrir boca con el mazmorreo propio de Dungeons and Dragons en San Clemente nos dirijimos de vuelta al Coliseo para visitarlo ya como se merece. El anfiteatro Flavio, su nombre real, fue construido por Vespasiano para conmemorar su subida al trono (eufemismo, también podría haber dicho golpe de estado) mientras confiaba en que su hijo Tito conquistara Jerusalén para poder pagar la obra. La verdad es que el hombre le echó criadillas ya que ni él mismo tenía muy claro que su hijo fuera a tener éxito – la suerte que tuvo es que había un extremeño a su lado, diría mi padre. Y así fue. Tito, con la ayuda del padre de Trajano (quién después se convertiría en el primer emperador hispano de Roma) conquistó Jerusalén, expolió el templo de Salomón y con el oro pagó la obra con la que su padre había especulado. Easy.

Pero bueno, a lo que íbamos. El anfiteatro Flavio es una maravilla arquitectónica incluso para nuestra época. Es inmenso, con una red de túneles y pasillos que conducen a las diferentes gradas sorprendente. Su construcción fue confiada a varios arquitectos, el último de los cuales añadió la mayor de las innovaciones: el sistema de acceso de las galerías inferiores a la arena mediante plataformas, cadenas y poleas. Todo esto a costa de destruir gran parte del alcantarillado de la ciudad. En su interior se puede ver, además de las gradas y la arena, muy
deterioradas, una gran cantidad de pequeños museos y exposiciones muy curiosas y recomendables. Recomiendo reservar una mañana entera sólo para ver el Coliseo, no os arrepentiréis.

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Justo al lado del Coliseo se encuentra el arco de Constantino, el arco de triunfo mejor conservado de todos los que quedan en la ciudad. Si queréis sacarle una foto es mejor desde alguna de las ventanas del Coliseo, ya que a los pies del arco está inundado de gente con paloselfis.

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Bordeando el arco de Constantino llegamos a la entrada a los foros (Romano y Palatino): el centro de la ciudad antigua. Aquí estaban la mayoría de templos, mercados y monumentos de la antigua Roma. Uno se podría tirar un día entero observando cada uno de los monumentos que hay aquí. Hay muchos accesos a los foros pero yo recomiendo entrar por el Coliseo y salir por el Capitolio, ya que así podéis verlo todo.

El Capitolio, o Campidoglio, era la colina sagrada de Roma, dónde se levantaba el templo de Júpiter. Era lo que es hoy el kilómetro 0 de la Puerta del Sol, de donde partían todas las calzadas romanas y dónde se celebraban todos los desfiles y triunfos. Hoy en día aquí se encuentran los museos capitolinos y el ayuntamiento, ya que desde la Edad Media este espacio diseñado por Miguel Ángel se ha ido asociando siempre con el poder municipal.

Al bajar del capitolio nos encontramos de lleno con una de mis partes favoritas de la ciudad, no por su estética sino por lo que representa. Como ya he dicho, Trajano fue el primer emperador de origen hispano del Imperio (de hecho el primero de origen no romano); pues bien, a los pies de la colina Capitolina se encuentra el foro de Trajano (sí, separado del resto, con dos huevos) y uno de mis monumentos favoritos de la ciudad: la columna que conmemora su triunfo sobre los dacios, cuando Roma se anexó la Dacia como provincia (parte de la actual Rumanía).

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Y ¿qué tiene de especial esta columna? Pues que es el primer monumento triunfal que no es un arco. Así de simple. Relata en una serie de grabados en espiral la campaña de la Dacia. Sublime. La diseñó un tal Apolodoro de Damasco, el mismo que hizo la reforma del Coliseo sin que se hundiera en las cloacas. Tuvo mérito el hombre, la verdad.

La última visita del día la hicimos a una de las cuatro basílicas mayores de Roma, Santa María la Mayor, el primer templo cristiano erigido en honor de María. Cuando consigues sortear la horda de monjas, curas y grupos de jóvenes de comunidades cristianas (¿?) y entras a la iglesia asombra la vidriera gigantesca multicolor de la entrada que la ilumina de una manera muy curiosa. El altar tiene un baldaquino similar al de San Pedro pero en pequeño y justo a sus pies se encuentra la tumba de Bernini. Visita muy reconfortante para acabar el día.

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